jueves, 25 de agosto de 2011

El día D

Me levante tarde, la cama no me dejaba, las vacaciones ya eran necesarias.

El plan del día era sencillo y a la vez complicado, saldríamos a hacer compras navideñas, claro que 3 días antes de Nochebuena, las tiendas vomitan gente. Los tumultos están donde sea y aun cuando un día antes todo era felicidad y paz, seguro no duraba para siempre.

Nos bañamos, nos vestimos, desayunamos algo y salimos de casa, felices por las vacaciones, resignados a encontrarnos a más de la mitad de la población en los centros comerciales.

Para sorpresa de ambos, había poca gente en la calle y la que podíamos ver estaba inmersa en sus pensamientos, caminaban sin mirar a otro lado que no fuera el piso.

A comparación del ambiente de alegría que había habido ayer, hoy parecía sombrío, como si la gente estuviera triste o preocupada.

Llegamos al centro comercial que está cerca de la casa y no encontramos grandes conflictos, las tiendas tenían clientes pero ninguna rebozaba de consumidores. Tal vez en alguna si hubo que pedir permiso para poder pasar de un lado a otro, pero sin empujones, ni malos modos de nadie.

Compramos lo que nos hacía falta y antes de irnos fuimos al supermercado, compramos algo de comida fresca y algunos enlatados, las pilas estaban de oferta así que compramos 2 paquetes y casi llegando a las cajas encontramos otra oferta que me pareció muy curiosa, un radio casi desechable, de pilas, negro con una antena plateada plegable, como eran cuando yo era niña, ese modelo que seguramente las nuevas generaciones no conocen ya que no pueden imaginar la vida sin el reproductor de MP3 o MP4, sea la marca que sea.

¿Me lo compras? Pregunte a mi marido con cara de niña consentida. Me miro, volteo los ojos hacia arriba, me interrogo para que quería yo el radio y le dije muy seria “Pues para cuando se acabe el mundo y no haya energía eléctrica, si no me compras el radio no voy a poder hacer el que hacer de la casa porque o voy a tener música”.
Mi marido se rio, vio el radio y lo metió en el carrito pronunciando un “Ay mujer” que lo caracteriza cada vez que me cumple algún capricho inútil.

Regresamos a casa a envolver los regalos. Prendimos la televisión y nada interesante.
En el noticiero de la tarde se comento que la ola de violencia seguía a la baja, al igual que el día anterior no se habían registrado movimientos importantes.

El clima propio de diciembre se tornaba frio, se recomendó extremar precauciones, no salir sin suéter, tomar vitamina C, evitar los cambios de temperatura y no exponerse ante personas enfermas para evitar contagios.

Aun cuando la invasión de la influenza había quedado atrás, los medios de vez en cuando lo recordaban como el tema que no queremos que vuelva a ocurrir.
Comimos sin prisa, salí a la farmacia a comprar la vitamina C que tanto recomendaban Carlos, Adela, Paola y Joaquin.

Cuando llegue empecé a ver los anaqueles y parecía que no habían surtido los medicamentos hacia meses, le pregunte a la empleada el motivo de la falta de producto y me dijo muy seria que eran compras de pánico.

La gente había ido a la farmacia a comprar todo lo que había podido, dejando cosas ya muy escogidas, tome las vitaminas, algunos analgésicos, un caja de antivirales, un jarabe para la tos, unas curitas, algunas vendas y unos antigripales, antes que de se acabaran por completo.

Regrese a casa y fui cuestionada por mis compras, explique que la gente esta comprando mucho y que no quería que fuéramos a necesitar algo y no encontráramos.
Así que más vale prevenir que lamentar.

Después del tema de las medicinas, hicimos memoria y efectivamente en el supermercado había demasiada gente, no parecía víspera de navidad, la gente no estaba comprando regalos, estaba comprando despensa.

Las cajas estaban atiborradas de gente con 2 o 3 carritos por persona, pero la verdad como nosotros íbamos en nuestro mundo, nunca caímos en cuenta sino hasta que la niña de la farmacia dijo compras de pánico.

Volvimos a prender la televisión, recorrimos todos los canales, confirmamos la fecha, 21 de diciembre del 2012, la fecha en la que se acababa el mundo.

Se reporto en un noticiero local, la desesperación de la gente por obtener comida enlatada, agua embotellada y medicamentos.

Las ventas de los supermercados y las farmacias se había cuadriplicado en las últimas horas, desde el día anterior se había presentado un aumento en las ventas pero no cosas alarmantes, sin embargo conforme el día transcurría la gente literalmente vaciaba los establecimientos y resguardaba todo en sus casas.

Lo más fuerte que se escucho en las noticias era que vientos provenientes del norte bajarían las temperaturas en unos 3 o 4 grados, pero en general había sido un diciembre caluroso a comparación de años anteriores, así que la baja de temperatura no sonaba como algo alarmante.

Noticias internacionales, nada. Locales, tampoco. No había movimientos en ningún lado. Mamá naturaleza estaba tranquila.

Ni siquiera la luz titileo por un segundo, seguía habiendo energía eléctrica, agua, gas, teléfono, redes de celular, internet, gasolina y comida por todos lados.

Mi correo recibió un sinfín de mensajes advirtiendo el fin del mundo, grandes catástrofes nos harían victimas de la venganza de la madre naturaleza, pero conforme transcurría el día, los mensajes que llegaban era explicaciones del porque el día terminaba y nada pasaba.

Errores en la medición del tiempo, traducciones inexactas, interpretaciones encontradas, todo indicaba que el día real en que la vida como la conocemos acabaría aun no llegaba y no se tenía idea de cuándo seria.

Se comenzó a hablar sobre los expertos que volvían a estudiar los símbolos egipcios, mayas, astrológicos y las leyendas de la Atlántida. Se recalculaban los números y los datos para poder dar una nueva fecha para la llegada del apocalipsis.

El vaticano organizo una misa dando gracias porque el día terminaba y seguíamos en pie.

Los musulmanes rezaban en las mezquitas y los cristianos cantaban alabanzas porque Dios nos había regalado la oportunidad de vivir más tiempo.

En las noticias se veían reportajes de los diferentes “profetas”, desde los grandes eruditos hasta los vagabundos que gritaban y suplicaban que no nos confiáramos, que siguiéramos rezando y agradeciendo por cada minuto que la vida nos brindaba.

Según ellos estábamos viviendo tiempo prestado, había llegado el momento pero se nos había entregado una prorroga, un poco más de tiempo para arreglar nuestros asuntos y poder despedirnos de nuestros seres amados.

Pero salvo aquellos extremistas gritones, no paso absolutamente nada.

El teléfono no dejaba de sonar, amigos y familiares llamaban y preguntaban “¿Siguen vivos?” y al escuchar el “si”, nos limitábamos a decir “bueno, te llamo en una hora para ver si no has sido víctima de la combustión espontanea o la desintegración celular”, algunas risas, un te quiero y la llamada terminaba.

Nos fuimos a la cama, con un leve sentimiento de desilusión, esperamos el 21 de diciembre del 2012 por años, llenos de intriga, de duda, de miedo, de preguntas y algo de morbo, y pasó a la historia como uno de los días más aburrido del planeta.

No hubo ni una ventisca, ni un chaparrón, vaya ni siquiera pánico en la calle.

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